Trabajar con piedra natural como el ónix trae sus desafíos. ¿Cuál ha sido el más significativo?
El peso ha sido uno de los mayores retos. Hoy trabajamos con ónix de Ayacucho y hemos experimentado con el de Huancavelica, que tiene vetas azuladas y una textura distinta. Transportar y procesar estas piedras exige precisión para conservarlas intactas. Otro desafío fue la tecnología: queríamos lámparas sin cables, botones ni piezas visibles, con encendido táctil y autonomía de varias horas. Para lograrlo diseñamos un sistema electrónico minucioso, similar a la mecánica de un reloj, que oculta la complejidad y deja a la vista un resultado sencillo.
¿Cómo buscan que las lámparas dialoguen con diferentes entornos?
La piedra es un material eterno. Desde las civilizaciones antiguas hasta la arquitectura moderna, ha acompañado la construcción de espacios con identidad propia. Las lámparas de ónix siguen ese principio: pueden ser protagonistas o convivir con otros elementos, siempre aportando presencia y autenticidad.
¿Qué nuevas formas, materiales o colaboraciones te ilusiona explorar en el futuro?
Después de dominar el funcionamiento técnico, abrimos la puerta a formas más arriesgadas. Queremos trabajar con alabastro, cuarzo rosa y nuevos tipos de ónix de regiones como Moquegua, cuyas vetas verdes y marrones ofrecen un potencial estético notable.